lunes, 6 de marzo de 2017

Borís Pasternak entre revoluciones

No lo puedo evitar: para mí, hablar de Rusia es hablar de su literatura. Comienzo pues por reconocer que –al menos hasta la fecha– mi conocimiento sobre tan enorme conjunto de tierras y de gentes es parcial y limitado. Es por eso una suerte que, en cambio, su patrimonio literario sea tan excelente y que en él se pueda entrever como en pocas literaturas nacionales la naturaleza más profunda de su pueblo –aunque debiera decir, más bien, de sus pueblos, no todos tan bien retratados como el eslavo–. No es poca fortuna, además, que sus principales autores trabajen siempre desde la íntima imbricación entre la Historia y la narrativa, entre el testimonio y la ficción. Tal vez por ello durante el zarismo como durante el comunismo la literatura –ficcional o testimonial– supo ser más verídica que la propia historiografía. Tal vez por ello haya que escuchar las Voces de Chernóbil recogidas por Svetlana Aleksiévich para comprender enteramente la descomposición del Bloque en una malograda Perestroika. Algo similar cabría decir de los desgarradores Diarios de la Revolución de 1917 de Marina Tsvietáieva, tan alejados del triunfalismo adolescente con que un día imaginábamos la primavera de los soviets. Y puede que sea esta la razón por la cual muchos acuden a novelas tan trascendentales como Vida y destino de Vasili Grossman o como El doctor Zhivago de Borís Pasternak –de enorme impacto tras su publicación al oeste del Telón de Acero, mientras permanecían prohibidas en la propia URSS– para tratar de comprender aquel esperanzador y desolador intento por alcanzar la inalcanzada igualdad entre todos los hombres.
 
Suele decirse que fue precisamente la publicación en Italia de El doctor Zhivago, en el año de 1957, lo que precipitó la concesión del Premio Nobel, tan solo un año después, a su autor. Sin duda, el monumental relato sobre la Revolución de Octubre de 1917 testimoniado por Juri Zhivago, entendido unánimemente por la crítica como alter ego del propio Pasternak, contribuyó a su encumbramiento internacional y a su ostracismo institucional dentro de la URSS a partes iguales. No sería el único artista mínimamente disidente implacablemente perseguido por el estalinismo y sus continuadores. La nómina es larga y la truculencia de muchos casos es de sobra conocida –pensemos en la propia Tsvietáieva–, por lo que no ahondaremos en ello. Seguir leyendo...