domingo, 16 de octubre de 2016

Cela y Cirlot pisan la dudosa luz del canon

Sobre los adoquines de las últimas dos décadas quedan aún, tercos, los restos del naufragio: la serpentina desflorada y el confeti pisoteado que alfombra los suelos de las fundaciones culturales, los envoltorios ya vacíos de tanto centenario junto, la plata quemada de una edad enaltecida en todos los libros de texto. Fue entonces una suerte que España jugara a nuevo rico (ay, el sabroso ladrillo) al tiempo en que nuestros grandes cumplían los cien años. ¡Cuánta zalema alegre, cuánto concejal pellizcando la lozanía de las bandejas (otra vez la plata), cuánta edición conmemorativa, cuánto facsímil de los tiempos pasados! Nacer en 1916, en cambio, fue desde el principio una mala pasada: demasiado tarde para la fanfarria vanguardista, demasiado tiernos para la puta guerra. No es de extrañar que alguno de los damnificados jugara al postismo, ese todo después de todo que a menudo quedó en nada.
 
Entre el nacimiento de Juan Eduardo Cirlot y el de Camilo José Cela mediaron un mes y dos días, como una mala sentencia. Mucho llovió después de aquella primavera de 1916. Tanto, que veinte años más tarde, a punta de pistola, le sacaban a la primavera su sonrisa más forzada. Y después, ese después infame, ese trozo de río, ese bancal de muertos al que llamaron posguerra. Es ahí donde encontramos a los jóvenes Cela y Cirlot pisando la dudosa luz del día. ¡Qué semejantes y qué dispares se nos aparecen hoy sus perfiles! Semejantes a lomos del escuálido caballo de la autarquía, como dos que cabalgan juntos, como paupérrimos templarios. Semejantes también en su surrealismo irredento frente a la falsa guerra fría de los garcilasos y las espadañas, secretamente coaligados. ¡Pero qué dispares años más tarde! A Cela lo encontraremos pontificando con su triple corona (el Príncipe de Asturias, el Nobel, el Cervantes); a Cirlot diluyéndose en las sombras de una España novísima y democrática. Sigue leyendo...

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