miércoles, 3 de febrero de 2016

Publicar en letra ajena

Advertía Juan Ruiz, arcipreste en Hita, de las bondades de aprender de los yerros en cabeza ajena. Soy sin embargo un ser humano extraño, de esos que no se ríen cuando un transeúnte desconocido se tropieza. En cambio, casi por llevar la contraria a los rudimentos de la hilaridad básica, siempre se me empañan los ojos de lágrimas cuando veo triunfar a alguien al que ni siquiera conozco pero del que sé dos cosas: que se lo merece y que no le ha resultado fácil. Que ha trabajado duro y sin ayudas. O, al menos, sin demasiadas ayudas.

Tal vez por eso me encuentre hoy tan expectante ante la salida, quizás por abril, de un proyecto en el que me embarcó hace unos meses mi amigo Floriano. Preparamos una antología de jóvenes poetas españoles, nacidos entre 1980 y 1995 y, por lo tanto, estrictos coetáneos nuestros. La nómina final me gusta tanto que me planteé envidiar a quienes allí figuraban. Y sin embargo... Es extraño que ahora se me antojen un poco míos todos esos textos. Cantar aquel gol que no marqué en Johannesburgo, regresar de Marte con la última película de Scott, satisfacer la catarsis aristotélica desde unos ojos de Edipo. Tener esta confusa impresión de publicarme en letra ajena. De cerrar el mistérico círculo de la comunicación poética, la que va del autor al lector hasta confundirlos.

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