martes, 17 de marzo de 2015

Los heterónimos de Alonso Quijano

El 17 de marzo de 1615 José de Valdivielso firmaba la aprobación para la publicación de la segunda parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, continuación de aquella novela que diez años atrás había dado a su autor, Miguel de Cervantes, el renombre entre sus pares y la demanda entre los libreros que hasta aquella edad bien madura de sus años no había obtenido. Cuatrocientos años después todavía colean las consecuencias de tan afortunada publicación. No es para menos. En aquellas dos entregas de aquel Quijote tan llevado y traído desde entonces han encontrado las letras hispánicas, la cultura europea, la civilización occidental y, en último término, la raza humana, símbolo y cifra de muchas de sus obsesiones, bajezas o más altos ideales. Y si ha de ser cierto eso de que de cada novela se revela una distinta para cada lector que la recibe, es mérito de Cervantes alumbrar la más poliédrica partitura disponible hoy al albur de cuantas dispares interpretaciones quieran aprestarse.

Porque seamos rigurosos, solo para empezar. Es El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha el divertimento y desquite de un poeta fracasado, de un dramaturgo viejo y sin público, de un tullido recaudador de impuestos. Apenas una breve novella, ejemplar y chistosa, sobre un fantoche enloquecido –lo que hoy integra su primer capítulo– que fue al poco creciendo, absorbiendo en simbiosis buena parte de tantos textos descartados por ignorados impresores, acumulados en las gavetas del bueno de don Miguel con el paso de los años. Fueron añadiéndose al cuento, sí, novelas de cautivos, curiosos impertinentes, pícaros Pasamontes y pastoriles Cardenios. Incrustados en aquella novela-ómnibus, se fueron sumando como cuentas de un collar heterogéneo e improbable decenas de historias de otras historias –modelo de los proyectos más ambiciosos que se hayan dado a las letras, desde Las mil y una noches a la Comedia Humana de Balzac– hasta configurar una de esas obras que con justicia podemos llamar “total”. La más total de todos los tiempos. Porque seamos, como decíamos, rigurosos. El Quijote no es sino una permanente versión y perversión de todos los géneros literarios en vigor en aquellos años que mediaron entre el Quinientos y el Seiscientos, entre el Renacimiento y el Barroco, entre Trento y Westfalia. Todo ello por mano de un escritor fracasado –nunca resentido, a juzgar por la mirada limpia que impregna toda su lúcida chanza– que se nos revelaba de improviso como el más brillante componedor de palabras de toda nuestra historia como lengua castellana. Tal es, meramente, el Quijote. O digamos, mejor, que tal era. Sigue leyendo...

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