domingo, 28 de diciembre de 2014

La pira que nos sostiene

Sostiene Pereira que es mejor marcharse después de haberse quedado uno agusto. Doble ración de azúcar y oporto seco, por favor. Porque parece ser cierto que todos deberíamos marcharnos con un buen portazo, hasta los que no tienen derecho a ello. Marcharnos de este agrio dos mil catorce. Conviene saberlo: el año en que se marchó Gabo con los Buendía y Bacall se reunió con Bogart también fue el año en el que una legión de siete mil muertos apilaron el estigma del ébola en las aldeas desahuciadas, allá en el sur. Tiempo de égidas trasnochadas en el nombre de un dios con velo y fusil. Un año difícil para los mapas, en el que a Japón le creció una isla y a Crimea se le cambió de bando.
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Quienes entienden de calendarios saben de su capricho. Hay en Oriente quien quema la brisa de una luciérnaga y la lanza al aire, y acá quien quema en la hoguera pagana del verano los malos recuerdos. Quemarlo todo al despertarse, a 451 grados fahrenheit, en la pira que un barbero y un cura manchegos encendieron en Babelplatz. Quemar pájaros en Bangkok junto a Carvalho y aporrear cajeros automáticos en nombre de lo vano. Echar el resto, y más madera, y que Keaton nos despeñe por los barrancos de Oregón. Jalear al puño y morderse los labios. Jugárselo todo al último portazo. Decir que todo ha acabado. Quemar la pirotecnica, besarnos. Feliz año. Campanas lejos de la aurora. Sonreír felices porque todo empieza, de nuevo. Hogueras al viento, abrazarnos. Feliz año. Y contemplar desde el patio de una venta manchega el crepitar de los almanaques, el hipnótico baile de esa pira que nos sostiene, lejos de Babelplatz.

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