lunes, 10 de septiembre de 2012

Callejeros dactilares

Siempre me he vanagloriado de poseer una orientación infalible. Ya sea en regular damero sobre una apacible vega o bajo la endiablada silueta de la más rocambolesca judería agostada en la ladera de una cordillera altiva. Siempre me las he apañado para encontrar sin rodeos superfluos alguna de mis cruces a bolígrafo en el mapa: el hotelito buscado, el monumento de turno o incluso la ignota fuente a la vera del arroyo. He conseguido recorrer todos los hitos parisienses en una jornada y media, contravenir el inverosímil tráfico romano o fotografiar al minotauro sin perderme en el laberinto veneciano, comer hasta hartarme por tres euros en Alexanderplatz, y combinar en un par de horas bus-taxi-metro-tren-tranvía-tuctúc para sestear a lomos de Alfama una tarde de agosto. Puedo dármelas, modestamente, de un consumado humilde viajero. De un enfermizo lector de mapas. Y sin embargo, desde que te conozco, apenas miro las guías turísticas para planificar mis pasos y rentabilizar mi fugaz posesión como infiel pasajero de pago. Pero esto no es un reproche. Tómatelo, más bien, como una actualización de software en esa aplicación de GPS que tampoco uso. Ahora miro siempre el paso siguiente, desvelando poco a poco ciudades donde nunca estuve, porque no vine contigo antes. Ya no sostengo mapas. Estrecho con amor tu mano. Y me pierdo en el imperio de tus pasos, por callejeros dactilares donde, como un experto viajero, acierto a perderme de vez en cuando.

Lisboa, agosto de 2012

1 comentario:

  1. Preciosa la entrada, muy bien escrita.
    No dejes de perderte en esos particulares callejeros dactilares; a cambio te prometo que siempre sabré encontrarte. :)

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