sábado, 21 de julio de 2012

Baphomet

El camposanto es tan minúsculo como la iglesita. Cuatro o cinco tumbas acogen los restos de todas las casas. Las cruces de piedra envejecen al pie de un valle que cada primavera se renueva fértil y caprichoso, indiferente a los hitos funerarios cercados ingenuamente por los hombres. Leo las estelas. Apenas se encuentran nombres de individuos ajenos y concretos, como cabría esperar. Los lemas son mucho más sencillos: Aquí yace la familia Villanueva. ¿Qué importan los detalles? Ni epitafios ni fechas. La muerte no presenta nunca credenciales. Por otro lado, resulta consecuente que en aquel pueblecito reconcentrado los muertos hagan espacio a los vivos. Secretamente, rindo un fugaz homenaje a los muertos de Artáiz, apoyado en la pequeña cancela de hierro oxidado. Ni faraones ni tiranos alzaron en sus megalómanos mausoleos una bóveda más deslumbrante que el cielo navarro que cubre las modestas tumbas de estos muertitos anónimos.
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Un fotógrafo obeso dispone con una calma casi centenaria su descomunal objetivo frente al pórtico. De vez en cuando intercambia algún comentario en francés con su esposa, que espera pacientemente, recostada a la sombra de un contrafuerte. Íntimamente agradezco su presencia cuando advierto la inquietante mirada de Baphomet en uno de los canecillos de la iglesia. Me contempla con sus tres rostros, con sus cuatro ojos. Tan inhumano como todo lo que no se puede comprender, amenazante como la ausencia de un dios en calma, al acecho. Es imposible devolverle la mirada a un mismo tiempo. Sus pupilas de piedra miran de una vez pasado, presente y futuro. Eso dicen. Yo tiemblo al saber que todo lo que amo se reparte en las tres direcciones, que tal vez él pueda ver lo que yo ni tan siquiera sospecho.
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Maldita miopía la de los mortales. Antes de abandonar el pueblo dejo que el reportero francés  me retrate frente al pórtico, aparentemente sin advertirlo, poniéndome a tiro sutilmente. Quién sabe dónde se publicarán sus fotos, hacia dónde dirigen sus ojos la mirada traviesa de los dioses.

Artáiz (Navarra), julio de 2012

1 comentario:

  1. A veces, es mejor la miopía que la exactitud del que es capaz de observar todo a la perfección. A veces, es mejor entrecerrar los ojos, y fijar la vista en un punto exacto, un punto concreto: tú. :)

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