martes, 10 de abril de 2012

Parte meteorológico

Lo de aquella tarde no tuvo mucho sentido. Yo tenía pensado acercarme un momento al ultramarino de abajo para llenar un poco la despensa, pero acabé aferrado a las cortinas del comedor, mirando con aprensión y zozobra a través de los cristales. Todo empezó a torcerse en la sobremesa. Había llegado cansado del taller, después de anhelar toda la mañana la siesta que pensaba regalarme frente al televisor del salón. Y precisamente en ese momento previo al sopor vespertino en que termina la sección de deportes de los telediarios, mientras me relamía de gusto pensando en mi merecido descanso, sobrevino el desastre.
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Tengo la invariable costumbre de ir zapineando de canal en canal en esta franja horaria tan desinformativa del inicio de la tarde. A consecuencia de ello, a veces me cuentan la misma noticia dos veces, aunque la mayoría de las veces parecen haber sucedido en multiversos muy distantes. Esto no supuso ninguna novedad, ciertamente. Lo malo vino después. En el canal seis dieron el tiempo –siempre lo programan unos diez minutos antes que el resto de la parilla–, con amenazantes chubascos sobre mi ciudad. Un noventa por ciento de posibilidad de precipitaciones, añadía cinco minutos más tarde el canal regional, colocado en el botón nueve de mi mando a distancia. Hasta aquí todo bien. Sin embargo, mi desconcierto fue absoluto cuando en el canal dos pronosticaban un radiante y sofocante sol para toda la tarde. El meteorólogo del canal cinco lo corroboraba.
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Aquello me parecía un chiste, pero tenía ropa tendida en la azotea y no dejaba de ser un incordio semejante incertidumbre climática. Después de treinta minutos intentando convencerme a mí mismo de que lo mismo daba que se me mojara la ropa o no, me incorporé para asomarme a la ventana. Lucía un sol radiante. Respiré tranquilo y me dirigí a la cocina para encender el lavaplatos, aprovechando que estaba levantado. Cuando entré en la pieza casi se me caen los cubiertos que llevaba en la mano. Desde la puerta podía ver con nitidez cómo una espesa cortina de lluvia caía con ahínco detrás de la ventana. Me acerqué y saqué una mano fuera, calándose al momento. Sin duda era lluvia real, una buena tromba de agua. Pensé en la ropa y maldije, pero parecía imposible que hubiera roto a llover de aquella forma en solo unos pocos segundos. Regresé al salón y mis peores augurios se cumplieron: tras las ventanas del comedor no caía ni una sola gota de lluvia. Me quedé estupefacto, clavado en mitad del pasillo, alternando mi mirada entre la ventana de la cocina y la ventana del salón. Era imposible. Tan imposible como real.
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Supongo que no me creerán, que tomarán todo esto como una absurda ficción, en el mejor de los casos, o como un falaz embuste. No les culpo, aunque puedo asegurar que mi historia es cierta. Pero lo entiendo. ¿Quién puede creer ya a nadie si ni los hombres del tiempo dicen la verdad?

Badajoz, abril de 2012

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