sábado, 14 de enero de 2012

El arte de despegar con alas de plomo

Bogart abandona su apartamento con la figurilla de plomo entre las manos. Puede sentir el frío pesado e innegable de aquel objeto que actuará como una simple prueba más para el juicio. Una estúpida prueba más, un numerito negro sobre la cartulina amarilla recortada por un niñato en prácticas. Había visto muchas vidas cortadas de un tajo resumidas en una maldita cartulina. Odiaba aquellas cartulinas, tan semejantes entre sí ya marquen un charco de sangre o el rastro de pólvora sobre la ropa interior de un vagabundo. “¿De qué está hecho?”, le pregunta el teniente, clavando sus ojos en el pequeño halcón metálico, interrumpiendo sus divagaciones. “Del material con el que están hechos los sueños”, responde. Bogart mantiene el paso hacia el ascensor, disimulando la colisión brutal de sangre agolpándose en sus sienes. Esconde tras el humo de su cigarrillo una torpe explicación para sus ojos vidriosos. Había sido un día muy largo. Hizo lo que tenía que hacer. Además, la muerte de un compañero sin resolver es mala para el negocio.
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No es fácil despegar con alas de plomo. Tampoco es bueno para el negocio enamorarse más de la cuenta. Es una mala inversión. Al final cambia de idea y baja una a una las escaleras. Nadie quiere reconocer que los ascensores también se hicieron para descender. Decide tomar las escaleras para tomarse más tiempo a solas con la estatuilla. Tantas vidas por aquel trozo de metal… Del plomo más pesado hicieron sus alas, del más negro esmalte la parálisis de sus garras. Al salir del portal –hace unos minutos que se terminó la película, ninguna crónica recogió antes este instante–, Bogart se pone de mejor humor. Sería un instante pero era una señal, suficiente para saber que no todo se pierde cuando muere el corazón de un hombre. “Quizás conserve el halcón falso después del juicio”, se dice Bogart fuera de cámara, “Necesitaré todo el peso de mis sueños para mantener los pies sobre la tierra”.

Badajoz, enero de 2012

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