martes, 15 de noviembre de 2011

Cuando el planeta aún estaba fresco

No podría olvidarme nunca de los acantilados terrosos y amarillentos de Mazagón. Mi infancia son aquellas playas onubenses. Durante la primavera, los niños acudíamos con nuestras cajas de zapatos viejas, agujereadas en la tapa con bolígrafos BIC para que dentro se pudiera respirar. Aquella zona era rica en moreras, el plato predilecto de nuestros gusanos de seda. Un lugar privilegiado, en este sentido, entre el mar de eucalipto y pinares que es Huelva. Pero lo mejor llegaba en verano, cuando el viento ardía sobre los capós del Renault 5 de mi padre y el Ford Escord rojo de su compañero de trabajo. Aparcábamos en lo alto y descendíamos por una escalera de madera que serpenteaba por el acantilado. La playa se presentaba de pronto, como lo hace el verano y su inexplicable dicha. Porque la infancia solo es infancia en verano.
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Lo mejor de aquel rincón del mundo eran sus pequeños tesoros, que solo nosotros los niños conocíamos, ante la inexplicable e incomprensible indiferencia de nuestros padres. Así era. No muy lejos de los puestos para las parrillas, cerca del mismo aparcamiento donde los coches se apiñaban en torno a la venta donde servían puntillitas y chocos fritos, mis amigos y yo guardábamos celosos un asentamiento prehistórico. No era difícil imaginárselo. Se conservaban perfectamente los huecos que servían de escala para descender, las hornacinas donde colocar las últimas piezas cazadas, y hasta un pequeño saliente que a nosotros se nos antojaba el cómodo sillón orejero de un acaudalado cavernícola. Aquello no era un simple hallazgo, sino todo un milagro, y nunca quisimos compartirlo con el resto. La codicia se aprende muy pronto, y solo los muy sabios logran olvidarla, ya demasiado tarde.
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La gloria, el riesgo, era lo inaccesible que nos resultaba aquella pequeña cueva. Aquello no había sido esculpido sobre el suelo arcilloso de los acantilados, sino moldeado por un alfarero gigante, cuando el planeta aún estaba fresco y no había sido puesto a secar. Lo más emocionante era mirar desde lo alto las tupidas chumberas que nos aguardaban a pocos metros de nuestro particular hogar prehistórico. Era tan fácil caer y ser atravesado por sus espinas que solo eso podría explicar ahora el temor de los adultos, su negación absoluta del hallazgo, su cómplice silencio ante el fabuloso y perverso secreto que nosotros pretendíamos esconder.

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