domingo, 30 de octubre de 2011

Cinco consejos de decoración

Pequeño tributo a Miguel Delibes

Tomé la idea de mi querida amiga Carmen. A mí no me importa reconocerlo. Cuando las cosas son, son. Carmen tiene mucha clase, chica. No hay vuelta de hoja. Y nunca mejor dicho… con perdón. Pero una tiene su humor, qué quieres. José no quería ir al velorio. Decía que le daba pereza. Fíjate qué falta de vergüenza, qué descaro. Porque mi José es un bendito, pero a veces pienso que va a arder en el infierno. No es de cristianos hablar así de un velatorio: “pereza”. Habrase visto. Además, no podía dejar de aprovechar la ocasión para ver la consola nueva del comedor de Carmen. Tanto dinero que decían que se había gastado… Pues no sé, chica. Bien que le timarían, porque no me lo explico. Bueno, pero seamos justas: la casa tiene estilo. Mi José para esas cosas no tiene ni pizca de gusto. Solo sabe rezongar y despotricar por mis caprichos. No comprende que nuestra posición exige de ciertos cuidados, de ciertas apariencias, si prefieres. Menos mal que al final me lo llevé a rastras hasta la casa del pobre Mario, que en paz descanse. Otro mentecato como mi marido. En fin. Al final no estuvo mal la tarde. Me lo pasé teta, con perdón. Y lo mejor fue lo de los libros. Qué ideaza, chica. Lo juro, me quedé muerta cuando lo vi, con permiso del pobre Mario. Pero qué idea, chica. La Sotillo para esto sabe siempre lo que se hace.
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En cuantis llegué a mi casa, me puse a ello. Mi José empezó a reírse de mí, pero como vio que la cosa iba de veras y llevaba ya tres estantes completos, rompió a voces contra todos los muebles del salón. Estos hombres sabrán mucho de sus palabras huecas, pero no tienen ni pajolera de buen gusto y decoración. Me puse firme y se fue a la cama con el rabo entre las patas. Si el pobre es un calzonazos, después de todo. “Mañana me lo agradecerás”, le dije. El desgraciado no agradeció nada, pero no dijo ni “mu”. De vez en cuando lo oía renegar, porque tardaba más de la cuenta en encontrar el libro que estuviera buscando, pero no se atrevía conmigo, el pobrecito mío. Qué contenta me puse cuando los Ribaseca vinieron a tomar café a casa y Milagros dijo “Qué gusto, Antonia, qué gusto. Todos los libros iguales, con ese blanco tan encantador. Iluminan la estancia, no sé cómo decirte. Los libros del derecho dejan las estanterías horribles, con todos los colorines de los lomos chirriando. Porque si me dices antes, con esos lomos de piel y oro…”. Y mi José calladito como un pajarito. De sobra sabía que tenía razón. Y Eugenio coincidió con Milagros, como Dios manda. Pero claro, él sí tiene clase. Por algo ha llegado a Interventor.
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Estaba yo en lo mejor de mi alegría cuando vine a caer de nuevo en la desgracia. Lo que más me duele es la traición de la sangre. Porque mi nieto va a ser un loco como su abuelo, eso lo tengo yo claro. Me va a amargar la vejez, y si no al tiempo. Ahora tendrá nueve años, chica, pero las malas ideas apuntan pronto. Y yo esas cosas me las huelo. Y mi José jaleándolo. Tan feliz, oye. La voz de alarma me la dio él mismo, sin quererlo, claro. Un día estaba yo en la cocina con los cacharros y vi que mi José trasteaba por las estanterías con sus libros, pero en lugar renegar como siempre porque no encontraba sus dichosos libros de ateos y comunistas solo escuchaba alguna risita de vez en cuando. No quise hacerle caso, mi José siempre ha estado un poco loco. Pero el colmo fue cuando escucho: “¡Este es el mejor! Es magnífico”. Mira, solté los cacharros y para allá que voy. La escena no pudo ser más terrible. Me lo encuentro sosteniendo un enorme libro en las manos sonriendo como un memo. Y me enseña orgulloso el libro. Pues menuda gracia… “Pero es genial, Antoñita. Mira, lee”. Sobre el canto de las hojas del libro pude leer: La Isla del Tesoro con la inconfundible letra de zurdo endemoniado de mi nieto. Después giró el libro y pude ver en el lomo del volumen: El capital. Y mi José tan feliz, oye. Decía que tenía razón con mi idea de volver los libros, que el salón ahora estaba divino. No paraba de reírse. Encima que es un libro prohibido, que lo sé yo. Y tiene el descaro de tenerlo a la vista. Por poco no lo estrangulo allí mismo, oye. Casi me da un patatús cuando veo que mi nieto se había dedicado a pintar en todos los cantos de los libros los títulos que se le venían a su cabecita de desnortado: El príncipe y el mendigo, Los tres mosqueteros, El Conde de Montecristo, qué se yo, barbaridades. José me enseñaba algunos como si fueran preciosas piezas de caza, y yo no dejaba de llorar. En Así habló Zaratesta, o algo así, había pintado Los cuentos de Calleja, y no sé porqué mi José se partía de risa. La cosa se fue de las manos cuando vi que sobre los libros del Bachillerato de mi difunto padre, que con tanto cariño guardaba yo, había escrito el desalmado de mi nieto: El capitán trueno. Chica, no me repuse del disgusto en días. Al final tuve que volver los libros a sus lomos de siempre. Qué remedio… Mejor así que parecer la casa de unos locos. Lo peor de todo es que desde entonces mi José busca los libros del revés y no para de leer en todo el día. Se pasa las horas muertas. Dice que está “reinterpretando a los clásicos”, o algo así. Y se parte de risa.

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