martes, 20 de septiembre de 2011

Tamaño carnet

Le llamábamos La gran anciana. No era excesivamente grande –no sobrepasaba el metro sesenta y dos, y su peso rondaría los sesenta y cinco kilos– ni tampoco era anciana, pero era la que llevaba más tiempo en el cosmozoológico de Trafalmadore de entre los humanos, al menos si excluimos a los que habían enloquecido o habían sido apartados del grupo para ser estudiados, de cuyo paradero no volvíamos a tener noticias. Había sobrepasado la barrera de los cincuenta pero lograba esquivar con facilidad el apelativo de anciana, sin hacer tampoco alarde de rasgos físicos juveniles ni cualidades físicas excepcionales. Un día amanecimos en nuestro hábitat con su escandalosa ausencia en su catre, siempre como recién planchado cada vez que se despertaba por las mañanas, mucho antes de que abriéramos los ojos el resto de nosotros. Por el contrario, aquel día las sábanas se encontraban revueltas y el colchón vacío. Por eso supimos que la habían eliminado. Nosotros no lo habíamos advertido, pero al parecer La gran anciana se había hecho vieja.
.
Me explicaré mejor. Cuando ustedes visitan un zoo, un animalario o un museo de historia natural, lo que esperan encontrarse es un magnífico ejemplar de tigre rayado y encendidos lomos de naranja intenso. Las anacondas deben sobrepasar los seis metros de largo y no aceptarán un papagayo de plumaje apagado. Ningún pavo real macho carente de su azul cobalto será digno de poblar nuestros parques. Pues bien, los humanos no íbamos a ser menos. Los trafalmadorianos no exhiben niños, ni tullidos, ni gordos, ni malnutridos, ni por supuesto ancianos. Perdonarán los términos poco diplomáticos que acabo de emplear, pero las versiones eufemísticas no concuerdan con la mentalidad de exquisito entomólogo con la que los trafalmadorianos nos coleccionan allá en sus concurridos y rentables zoológicos.
.
La gran anciana había sido eliminada, eso estaba claro. Ninguno de los humanos que estábamos allí nos sentíamos por el momento amenazados. Todos rondábamos relativamente la treintena –por arriba o por abajo– y pertenecíamos a un remesa reciente. Pero no tardamos demasiado tiempo en suponer la causa de la desaparición de nuestra veterana. Ya no era una digna representante de nuestra especie, ya no se asemejaba al diagrama que explicaba los componentes básicos del cuerpo humano al pie de nuestra cabina de exhibición, para que los curiosos pudieran cultivarse y los profesores pudieran agarrarse a un par de términos científicos que dotaran de entidad profesional a su perorata.
.
Recuerdo que aquella misma tarde abordé a uno de nuestros cuidadores. No me movía la indignación ni la curiosidad. Lo segundo estaba saciado con la aplastante verosimilitud de nuestras suposiciones. En cuanto a la indignación, no cabe duda de que existen dos especies gemelas por cada ser de la creación: la especie “salvaje” y su pusilánime versión “en cautividad”.
.
-¿Acaso vosotros no os hacéis viejos?
.
El cuidador no comprendió aquella pregunta. Ellos no se hacían viejos, no de una manera perceptible. Impaciente, acudí a mi estante donde milagrosamente conservaba algunos objetos personales que iban conmigo en el momento en que fui abducido. De mi cartera saqué una fotografía de carnet de cuando tenía cinco años.
.
-Soy yo –le dije–, yo mismo.
.
El trafalmadoriano se sonrío triunfalmente. Nunca podré afirmar si su sonrisa era la huella de la más indecente ignorancia o la más absoluta elocuencia de la sabiduría.
.
-No. No lo eres.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.