miércoles, 7 de septiembre de 2011

Habítame

Quizás mi puerta tenga más de una cerradura, y debas jugar con el bombín varias veces hasta lograr girarlas. Siempre he parecido un tío serio y algo distante al principio. Pero, sin duda, tú lograrás abrirme sin grandes dificultades. Recuerda que a tu derecha tienes los fusibles. Es sencillo para ti encenderme. Me iluminarás así, con un sencillo gesto, con un pequeño click sobre mi espalda. Estuve muchos años acumulando polvo en los rincones, y mi nevera solo conservaba telarañas incomestibles. Pondrás en marcha el motor y poblarás de leche sin lactosa y alguna que otra tarde perezosa el frigorífico. Sube las persianas cuando llegues al salón y pon a secar nuestros sueños húmedos en un perchero de pie, puesto en el balcón por si los vencejos deciden dejar allí sus plumas de invierno o el viento cuelga allí su chaqueta de nubes. Tiéndete sobre mí, mi dueña. Te meceré en mis costillas, y allí reposaras tus anhelos aunque se nos claven las maderas del viejo sofá. Cuelga mis besos en tu armario, por si llega el frío y no tienes con qué abrigarte cada mañana. En el baño encontrarás mis caricias de grifo oxidado. Ten paciencia conmigo si tarda en salir el agua caliente, porque habrá instantes en que sepa abrasarte hasta el éxtasis. En la cocina te aguardaré cada siesta, con un relajante baño de espuma de Mistol en el que entrelazar nuestras manos. Por las noches dejarás mi mirada de bobo enamorado en la mesilla de noche para velar tus sueños. Y descansa, porque aunque la vida dé muchas vueltas en la cama y el somier chirríe, nuestro abrazo no se deshace en la madrugada.
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Habítame, mi dueña. Porque si te marchas quedaré ciertamente deshabitado y el eco de mi voz preguntará por ti a los peluches azules de la cama. Habítame, porque mis paredes se levantaron para cobijarte.

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