martes, 2 de agosto de 2011

Una plaza libre

Me asomé a mi estrecho balcón de verdes barrotes. Siempre me pareció excesivo aquel enrejado para una casa sin grandes riquezas. Aún así, se me hacían confortables, supongo que porque desde los cinco años había vivido entre ellos. Era el balcón de la cocina y daba a un patio de luces comunitario, de manzana. En el centro del patio se extendían a su vez muchos patios pequeños con sillas de mimbre, bombonas vacías, zapatillas puestas a secar y cosas así. Pero el patio no está del todo cerrado. En la parte izquierda, desde mi perspectiva, no había más que una casa baja abandonada, que fuera en otro tiempo una panadería. A través de este generoso hueco podía ver el Colegio “Reyes Católicos”, presentado por la línea gris agrietada de la carretera de la calle Palomeque. Allí anidaban los coches al frío de la noche, bajo el calor de una farola eléctrica alta, pero no esbelta.
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Todas las noches me gustaba apoyarme entre las rejas del balcón de la cocina, para huir de las tertulias familiares sobre la tele y entregarme a mi propia soledad. La verdad es que casi todo el día lo pasaba solo y aún así, cuando no la tenía, la buscaba. Me gustaba la oscuridad de la noche tan solo rota por unas pocas estrellas y las intermitentes luces de las ventanas del patio, como luciérnagas indecisas. Me gustaba que mis ojos llorasen de frío, que la brisa arañara toda mi cara, sosteniendo una lata de tónica en las manos. Allí, apostado, observaba como un autómata el paso de los coches, de las ruidosas motocicletas y de los errantes peatones.
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Justo debajo del haz de luz de una farola mojada en su base por orinas de perros, se abría un hueco, un aparcamiento libre. El vacío se abría generoso y hospitalario a disposición de cualquier automóvil. Me fijé en aquel aparcamiento. Un magnetismo inexplicable me atraía a mí y a toda mi atención. No me pregunten por qué. A un lado dormía un monovolumen azul marino. Era novísimo y de corte futurista. Al otro lado del aparcamiento había un Renault 4 latas bastante viejo y deteriorado. En aquel hueco abierto se concentraba la luz celestial y mundana de la farola. Nadie se acercaba a él.
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Di un nuevo trago a mi lata de tónica. Suspiré. El frío seguía arañando mi rostro. Dentro se oían voces de mi padre, que sabía y opinaba sobre todo, y del resto de personas. Volví a fijarme en el aparcamiento. Un perro que paseaba a su dueño se acercó al aparcamiento. El hombre era alto, espigado, con nariz prominente, ataviado con una gabardina marrón claro. Se asía de una larga correa de cuero verde de la que pendía el inquieto perro que se movía de un lado para otro moviendo el rabo atento y despierto. Se paró en seco y levantó una de sus patas traseras, vertiendo sobre una de las ruedas delanteras del 4 latas su sucia orina. Al rato pasaron y abandonaron el hueco del aparcamiento.
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El silencio de la noche, apenas rasgado por la guitarra de un grillo, bañaba al aparcamiento mientras los barrotes de mi balcón rezumaban soledad. Una motocicleta con el escape suelto atravesó la calle, lenta y martilleante. Dolorido, el silencio volvía a conquistar mis oídos. Pronto, un coche blanco, discreto y de unos cinco años, se acercó a través del cauce gris y agrietado de asfalto a la plaza libre de aparcamiento. Apenas lo hubo rebasado, frenó y las luces blancas de su cuadro trasero se encendieron. Marcha atrás, se ajustó al hueco, apurándolo y colocándolo hasta que finalmente se apagó el motor. El automóvil había encajado perfectamente en el vacío. De la puerta del conductor salió un hombre alto, joven, de pelo castaño oscuro. Me fijé en sus ojos y después me di cuenta que aquel hombre llevaba en su rostro mi propio rostro. Era yo. Detrás de mí el grillo siguió rasgando su guitarra y los barrotes me abrazaban, protegiéndome, apresándome.
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El hombre cerró la puerta del coche y se marchó calle arriba. Iba pensando en sus cosas. Yo quise llamarlo, gritarle desde mi balcón. Tal vez lo hice, no lo recuerdo. Gritara o no, no me escuchó. Ante mí se disponía aquel automóvil blanco y discreto, agazapado entre el monovolumen y el Cuatro Latas. Seguía preguntándome por la identidad del conductor. Me costaba pensar que se tratara de mí. El coche, bañado por la luz de la farola, respiraba cansado mientras yo lo miraba. Al rato, un nuevo perro que también paseaba a su dueño, llegó a la vera del aparcamiento ahora ocupado por el discreto coche blanco. El dueño era en esta ocasión un hombre gordo con un estúpido chándal que se ajustaba a los pliegues de su barriga. Llevaba un bollo de crema de chocolate en las manos y lo devoraba mientras su perro orinaba sobre la rueda del discreto coche blanco. Al tiempo, el perro se marchó con su dueño y la rueda, impregnada de orina, goteaba suciedad.
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El coche fue bañado de nuevo por la soledad de la noche. Yo, acongojado, observaba completamente poseído por la soledad. Las estrellas, quizás también desde sus balcones solitarios, me observaban del mismo modo con que miraba al coche blanco. No sé cuanto tiempo pasó, pero al cabo llegó de nuevo aquel extraño hombre en el que me veía a mí mismo. Abrió la puerta del coche, arrancó y se marchó. De nuevo, solo y desamparado, el aparcamiento esperaba un nuevo coche.
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De detrás de los barrotes de mi balcón la voz de mi padre me ordenaba recogerme. Yo obedecí, mirando por última vez aquel aparcamiento ahora solitario, sabiendo que un nuevo coche aparcaría en él, al igual que un nuevo hombre, ajeno a mí y mi familia, se asomaría a mi balcón, apostado en sus barrotes.
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Huelva, verano de 2002.

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