domingo, 21 de agosto de 2011

50 km/h

En una película pseudohumorística de dudoso ingenio, dos coches se retan a una carrera urbana. Ninguno de los dos contrincantes rebasan el límite de velocidad impuesto por las señales de tráfico –apenas unos veinte kilómetros por hora–. La escena resulta cómica, ridícula, patética. Hay algo de inocencia, de impotencia, de fracaso en toda la toma y sin embargo los espectadores nos reímos automáticamente ante la escena, obedientes a las luces de “Aplauso” ardiendo sobre el graderío. Hay algo de crueldad en cada risa humana y mucho de autocomplacencia.
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De todos modos, las carteleras se llenan de películas de acción con automóviles a toda velocidad, haciendo trompos sobre el asfalto, desafiando la inexorable lentitud de nuestros pasos de peatones. Apenas unos segundos publicitarios de alguna campaña de la Dirección General de Tráfico recordándonos nuestra fragilidad de nube rota no bastan para borrar de nuestras cabezas el Aston Martin de James Bond sobrevolando los hangares de algún aeródromo soviético, el Pontiac Firebird de Michael Knight derrapando en la guarida de unos mafiosos de medio pelo, el Ford Thunderbird de Thelma y Louise lanzándose al Gran Cañón. Es la ilusión del velocímetro, la peligrosa mentira de la aguja marcando un número de tres cifras en el cuadro de mandos. La ilusa esperanza de controlar la velocidad de nuestros días, de desmentir las distancias y los calendarios. Una mentira que se estrella directamente en la médula ósea de quienes creen en ella. En ocasiones, en la de cualquiera que pasara por allí.
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Yo pertenezco a la triste raza de los conductores responsables, condenados a ver pasar la enorme distancia que nos separa de nuestro hogar sobre el salpicadero, mientras el limpiaparabrisas apenas puede borrar las huellas de mosquitos muertos sobre el cristal durante viajes pasados. Yo no inyecto agujas de doscientos kilómetros hora en mis venas, a pesar de que esta exasperante lentitud de verano me saque de quicio cada anochecer. Circulo por las calles cansadas de mi ciudad con mi viejo Seat Córdoba blanco. Me detengo en los semáforos, tamborileando con impaciencia sobre el volante. Mantengo la velocidad máxima de cincuenta kilómetros hora por la avenida principal. Y la ciudad hostil se empeña en persistir, en no borrarse de mi vista. El límite de velocidad no me permite difuminar su pastosa lentitud de estío.
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Recuerdo entonces el poema de Kaváfis: “Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca, debes rogar que el viaje sea largo”. Recuerdo cuántos villanos se dan a la fuga en las películas en sus coches agujereados por las balas de la policía. Y me siento un héroe a cincuenta kilómetros por hora, dejando la huída tras ellos para los cobardes justicieros de Hollywood.

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