jueves, 7 de julio de 2011

Pon tu mejor cara

La señal auditiva marcó el fin de la jornada. Los visitantes del zoológico intergaláctico de Trafalmadore regresaron a sus hogares, como todos los días. Un desfile de rostros anónimos e inusitados siempre para un humano como yo. El espectáculo había terminado, para ellos y para mí. Aquella marca era un verdadero alivio para nosotros los animales del zoo. Es cierto que los investigadores y cosmobiólogos no nos dejaban aún descansar. Cuando el horario de exhibición terminaba, comenzaban las sesiones de "trabajo" con los "especímenes". Y yo era uno de esos "especímenes".
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Aquel día me tocó trabajar con Alfa-132, un simpático psicólogo especialista en seres terrícolas. Sin duda, era en Trafalmadore el máximo experto en mamíferos terrestres y en insectos de toda índole, si bien él no establecía tales distinciones. La taxonomía trafalmadoriana para los seres vivos terrícolas es radicalmente diferente a la humana, si bien no nos viene ahora al caso tales salvedades. En todo caso, de mis conversaciones con Alfa-132 solo obtenía teorías disparatadas sobre mí y todos mis congéneres. Por una extraña vocación hacia el boicot, entre la diversión y la perversidad, jamás le llevaba la contraria y le animaba en sus absurdas conclusiones.
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-Está bien, amigo, hoy trabajaremos con rostros. Debes decirme qué estados anímicos comunican estos humanos -me dijo Alfa-132. Mientras, se colocaba una prótesis mecánica en una de sus extremidades -algo más o menos equivalente para ellos a un brazo humano- que le permitía registrar digitalmente mis respuestas con una fidelidad total. Los trafalmadorianos desconfían de la memoria como el científico recela de la superstición más primitiva.
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Entonces desfilaron ante mis ojos nuevamente un cortejo de rostros anónimos y totalmente desconocidos para mí, solo que esta vez humanos. Muchos de ellos respondían claramente a los clichés más manidos y tópicos sobre el sentimiento humano: en la primera instantánea vi dos rostros enamorados mirándose mutuamente con embelesamiento, en la segunda fotografía un niño rechoncho y sonrosado lloraba de pavor mordiéndose las uñas, en la tercera imagen un rostro enjuto de perverso malo de película con vampírica dentadura y puntiagudas cejas miraba amenazante hacia la cámara, en la cuarta... Estuvimos "trabajando" casi dos horas terrestres con las fotografías. En aquella ocasión decidí ser un buen chico y respondí con sinceridad al eminente psicólogo especialista en terrícolas. Fui describiendo exactamente los estados que, irremediablemente, evocaban aquellas fotografías: amor, miedo, amenaza, sorpresa, tristeza, desconfianza, alegría... Alfa-132 anotaba en su dispositivo cada información, satisfecho por mis respuestas. Todo cuadraba con sus estudios y no se rebatía en punto alguno la extensa bibliografía sobre el tema, bibliografía que nuestro Alfa-132 podría recitar al dedillo. "Perfecto, perfecto", me alentaba de tanto en tanto el psicólogo especialista en terrícolas.
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Cuando la sesión estaba tocando a su fin surgió la única incidencia de la tarde. Apenas una anécdota para mí, quien cansado solo pensaba en retirarme a mi cabina de descanso. Sin embargo, para Alfa-132 fue toda una catástrofe bibliográfica, por así decirlo. Me extendió del ya totalmente menguado taco de fotografías una instantánea que no me resultaba del todo desconocida. Era la foto de un niño soldado, posiblemente de Sierra Leona. Portaba en sus manos un AK-47, vestido con un andrajoso uniforme paramilitar, raído y embarrado. No habría cumplido aún los diez años. Posiblemente había matado ya a decenas de personas y presenciado violaciones y mutilaciones a diario, quizás de sus propios familiares. El niño soldado miraba al objetivo, esta vez fotográfico, con su mejor sonrisa, una sonrisa absoluta y deslumbrante como la de un anuncio de dentífrico.
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-Pánico -dije rotundo.
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Entonces Alfa-132 volvió a mirar la fotografía para comprobar que se trataba de algún error, seguramente del traspapelo de las fotografías. Sin embargo, se trataba efectivamente del niño sonriente.
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-¿Estás seguro? -insistió el psicólogo especialista en humanos- Es un niño sonriendo -añadió desconcertado.
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-Pánico -repetí como pronunciando una sentencia irrevocable.
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El resto de las fotografías se cayeron al suelo. Alfa-132 se encontraba paralizado ante aquel nuevo arcano de la investigación. Finalmente, me compadecí de él -una de las escasísimas veces en que me compadecí de un trafalmadoriano.
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-Está poniendo su mejor cara -aclaré-. Es lo que hacemos los seres humanos cuando nos apuntan con un objetivo. Está sonriendo a la tragedia -añadí aún al ver que mis explicaciones solo complicaban el panorama de Alfa-132-. Es algo muy humano.

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