martes, 26 de julio de 2011

Consuélame tú

Aquella tarde Alfa-132 se encontraba especialmente contento. Al parecer le habían publicado un importante artículo sobre conducta humana en cautividad en la revista oficial del Gabinete Trafalmadoriano de Cosmobiología. Vino hasta mi habitáculo de descanso tarareando -o algo similar- un viejo himno guerrero de Trafalmadore, muy viejo ya. Hacía varios siglos terrestres que su pueblo no combatía en guerra alguna. Aquella melodía había quedado hacía tiempo desprovista de su verdadera naturaleza cruel y despiadada. Ahora la cantaban las crías risueñas de los trafalmadorianos en sus escuelas, mientras dibujaban simpáticos soldados con instrumentos de música de lo más rocambolescos. Probablemente, era inevitable aquel final para un himno cruel y guerrero, era la derrota última contra la que tanto despotricaba y maldecía. Pero nadie resiste al asedio de los siglos.
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-Vengo a que me consueles -me dijo entonces, exultante aún de felicidad.
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Recuerdo que me quedé mirando atónito a aquel extraterrestre día a día más incomprensible para mí, tanto como yo para él a pesar del prestigio que cobraban poco a poco sus ensayos sobre humanos.
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-No comprendo. Estás contento...
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En ese punto Alfa-132 pereció revisar su propuesta frente a la situación dada. Los humanos somos difíciles de pillar y quizás... Pero pronto desecho aquel atisbo de duda. En el programa del día se incluía una sesión de consuelo y conmiseración.
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-A ver, amigo -dijo con aire paternalista-, lo que te estoy diciendo es que supongas que estoy triste o preocupado, o algo así... Consuélame.
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-Es un supuesto, ¿no?
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-Exacto –contestó algo más conforme. Por un momento pensó que la sesión de trabajo del día se le complicaría contra todo lo previsto.
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Barajé todas las posibilidades: hacer el paripé con mayor o menor desgana, engañarle y confundirle por pura diversión, o hacerle entender lo inútil de aquella burbuja artificial en la que nos tenían encerrados, tan exótica para ellos los trafalmadorianos como para los humanos raptados, los cuáles debíamos enfrentarnos a una especie de popurrí berlanguesco de épocas y países remotos entre sí, en una amalgama de lo más ucrónica. Finalmente, opté por la posibilidad más honrada. Aunque de nada le sirviera al reputado Alfa-132, decidí darle una lección honesta sobre la más rara de las cualidades humanas: la bondad.
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-¿Por qué habría de consolarte? Tienes éxito, eres un reconocido experto en seres terrícolas, especialmente los humanos, el campo más inexplorado. Además, según tengo entendido no te falta el dinero, y tu nombre suena para el puesto de subdirector del zoológico, ¿no es cierto?
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Una brizna de orgullo y satisfacción mutaron el rostro de Alfa-132, siempre tan aséptico, especialmente en sus sesiones de trabajo.
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-Me niego a consolarte –rematé finalmente.
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Con aquella abierta negativa, Alfa-132 titubeó. Llevó su mano derecha hacia la pistola electromagnética con la que de vez en cuando nos castigaban los cuidadores del zoo, pero finalmente alejó semejante idea. Era inverosímil imaginarse al doctor Alfa-132 haciendo uso de la violencia. Tal vez su naturaleza pacífica y hasta cierto punto apática –tan propia, por otra parte, de los de su especie– era su principal hándicap para penetrar eficazmente en los misterios de la raza humana. Finalmente, decidió rogarme.
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-No te cuesta ningún esfuerzo, consuélame como lo harías con otro de tu especie.
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-Consuélame tú a mí –repuse fingiendo estar algo airado–. Estoy a años luz de mi hogar, encerrado en una pecera horripilante y expuesto a la curiosidad morbosa de seres extraños e incomprensibles. Mis compañeros humanos están mucho más desquiciados que yo y no tengo apoyo alguno. ¿Quieres que te consuele? Para eso tendría que comprenderte, y si ni tú mismo me comprendes a mí siendo el máximo experto del planeta en humanos, imagínate yo que no muestro interés alguno por los de tu especie –aquella última afirmación pareció desanimarle un poco, así que decidí retomar el camino que me había trazado–. Yo soy el ignorante y el cautivo. Tú eres el sabio experto (quizás me conozcas mejor que yo a mí mismo) y el que me retiene preso. Consuélame tú.
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Alfa-132 se dio finalmente por rendido. Recogió sus enseres de investigación y enfiló hacia la puerta de salida algo contrariado, pero con un brillo de satisfacción en su mirada. A nadie le disgusta que le recuerden todo lo que ha conseguido con esfuerzo o sin él. Antes de que traspasara la puerta solté la bomba.
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-¿No tomas nota hoy? Creo que te he consolado bastante bien.
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El eminente y juicioso Alfa-132 se giró entonces para mirarme más desorientado que nunca. Finalmente, pareció vislumbrar una pequeña paradoja –tan odiosas para los trafalmadorianos, por otro lado–, una mínima lección del estúpido humano. Pero lo lograba captarla del todo.
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-No sabría qué anotar exactamente…
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-Apunta. Hoy te lo dictaré yo mismo. Son solo un par de frases: no hay mayor consuelo que prestar ayuda a quien está peor. Haz que un hombre se sienta útil y le darás un motivo para sonreír.
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Alfa-132 tomó fielmente nota. Miró varias veces a sus papeles, alternándolos con mi mirada satisfecha por todo aquello, por su lúcido desconcierto. Breve desconcierto, pues bien sabía yo que al regresar a su despacho retomaría sus viejas y consolidadas hipótesis de trabajo. Pero aquel instante era todo un regalo para mí, un consuelo. Finalmente, giró sobre sí mismo y desapareció tras la puerta.

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