sábado, 7 de mayo de 2011

Fuego sobre los paraguas

La panzuda plaza de adoquines recién estrenados, como brillantes y viscosas escamas sobre el lomo de un dragón en llamas, estaba atestada de gente. Habían acudido todos, desde el descuidado mendigo de la parroquia de San Roque al siempre atareado secretario del Ayuntamiento. Habían sido convocados por un bando municipal sorpresivo. Las instrucciones eran confusas: «Se ruega a los vecinos de la villa acudan a medianoche ante la fachada del Consistorio. No olviden sus paraguas». El anuncio consistorial causó gran revuelo desde bien temprano aquel día. Los funcionarios aquella mañana realizaron sus desayunos con mayor premura e, incluso, con insólita ansiedad. En el Ayuntamiento los rumores eran constantes. Tan constantes como inútiles: nadie sabía nada. El Concejal de festejos tuvo que salir al paso de unas declaraciones vertidas por la oposición en la radio local: «En lo que a mí respecta, no me considero aludido por las calumnias de aquel indeseable partido». Pero si no era cosa de la Comisión de festejos, ¿quién podría convocar a toda la ciudad a medianoche? Todo parecía una broma de dudoso gusto e incierto fin.
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No faltaron quienes, desde la excelsa tribuna de la barra de un bar enmoquetado de serrín y mondadientes usados, llamó a la desconfianza y el recelo. Aquello podía tratarse de una encerrona, una jugarreta de los malditos concejales para sacarnos los cuartos. En los colegios hubo también gran algarabía. Los maestros habían recibido instrucciones esa misma mañana de encomendar a todos sus alumnos para la siguiente semana una redacción sobre el suceso inminente, cuya naturaleza hasta ese momento todos ignoraban.
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En cualquier caso, desde los escépticos hasta los más entusiastas, nadie se perdió la cita. El principal dilema de todos los vecinos era el paraguas. ¿Por qué un paraguas? Las especulaciones fueron múltiples: desde un gran invento publicitario de alguna marca de chubasqueros hasta una manera de fomentar el correcto uso de tan indispensable complemento. No obstante, lo cierto era que el firmamento se encontró cubierto por negros nubarrones buena parte de la jornada. Quizás, dijeron algunos, lo del paraguas sea una mera recomendación en vista de las predicciones meteorológicas. Todo un detalle del Ayuntamiento, desde luego. Finalmente, fuera por la evidente amenaza de lluvia que se cernía sobre la plaza a esa hora de la noche, fuera por ir hasta el final con el desafío de aquel bando a la curiosidad de sus ciudadanos, ningún vecino dejó en casa su paraguas. Los había de todos los tamaños y colores, desde los paraguas casi de juguete de los niños hasta los lujosos paraguas de incontables varillas y robusto mástil de los potentados de la localidad.
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Dieron las doce sobre la luna luminosa del reloj consistorial. En ese instante una marea de paraguas comenzó a estallar sobre el adoquinado. Nadie sabía porque, más allá de porque el señor de al lado también lo hacía, pero uno por uno las gentes que abarrotaban la plaza fueron abriendo uno a uno sus paraguas. Alguno que otro miraba escéptico al cielo, o tendía una mano al aire para detectar un posible chispeo de lluvia. Nada. Es más, el cielo parecía haberse despejado en los últimos minutos. La plaza entera aguardaba la justificación de todo aquello, casi podría decirse que su razón de existir.
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Junto a la plaza, en una calle transversal –aquella que conduce hacia el palacio en ruinas del arzobispado–, una pareja de enamorados deshacían sus labios sobre la brisa nocturna. Movidos por el insólito espectáculo, se acercaron a última hora a la plaza. Se hicieron un hueco entre el gentío. Pero ellos no llevaban paraguas. El lomo de nylon de aquella masa atónita rodeaba las cabezas de los dos enamorados, náufragos en su deliciosa isla de intimidad. «Qué extraño es este mundo, amor», dijo ella al oído de su amante. Ciertamente extraño. Él la rodeó con sus brazos y la atrajo para sí, como para tratar de compensar el hecho de que él no hubiera traído un paraguas con el que cubrirle.
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Y entonces estalló el cielo. Desde los tejados hasta ese momento somnolientos de la plaza se desató una lluvia de destellos sobre el firmamento. Era un espectáculo pirotécnico poco convencional. Sobre los paraguas de nylon comenzaron a caer las brasas del cielo, como si las estrellas hubieran decidido estrellarse sobre las cabezas de las gentes. Hubo un rumor de pánico entre la muchedumbre. Cobijados en sus paraguas, maldecían aquella encerrona, aquella pesada broma de mal gusto del Concejal de festejos. ¡A quién se le ocurría disparar semejantes fuegos de artificio sobre toda la población! Algunos paraguas salieron ardiendo y hubo peligro de avalancha en algunos sectores de la plaza. Los bomberos acudieron al quite de los primeros fuegos, mientras una lluvia de brasas amenazaba con arder la ciudad y calcinar a todos los vecinos.
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Ellos no salieron a correr. Se abrazaron más fuerte y observaron el inusitado espectáculo. «Siempre tuve miedo a los fuegos artificiales» dijo él, o tal vez lo dijera ella. Ella se giró y le beso con toda la fuerza de quien se sabe viva, con el fulgor de una brasa rasgando de luz la oscura noche.
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De todo aquello quedaron unos cuantos paraguas reducidos a cenizas y algún que otro coscorrón entre los más timoratos. Entre los desperfectos deben contar también con dos pares de labios calcinados. No es un precio demasiado alto a cambio de ver la lluvia arder.

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