martes, 19 de abril de 2011

Un capítulo repetido

Jodidas palabras. Un día decides ganarte la vida con ellas, y de pronto maldices su torpeza, su injusticia. Tuvo que ser un trafalmadoriano quien me abriera los ojos, algo curioso si tenemos en cuenta que esta especie psico-biológica no emite palabras tal como nosotros los humanos las concebimos, sino una secuencia matemática y rigurosa de vibraciones recién acuñadas para cada ocasión. Estas secuencias vibracionales tienen, además, un valor puramente enfático. Veamos si me explico. Los trafalmadorianos se comunican entre sí telepáticamente. Dicho mensaje se encuentra apoyado connotativamente por signos lumínicos -sus glándulas postcraneales se iluminan con distintas coloraciones- y vibraciones. La frecuencia de dichas vibraciones determina en buena medida el sentido. No solo eso, las hacen únicas e irrepetibles. Y, sobre todo, irrepetidas. Las palabras humanas no poseen esta virtud. No hay una sola palabra que no hayamos dicho antes en alguna otra ocasión. Eso puede convertir nuestras vidas a veces en un ridículo y doloroso play-back.
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Me encontraba en aquella ocasión ordenando el viejo archivo que los habitantes de la sección humana habíamos ido recopilando todo este tiempo, desde hacía varias décadas -según la cuenta de los años terrestres-. Este archivo constituía un importante material de estudio para nuestros cuidadores y toda la nómina de científicos y cosmobiólogos trafalmadorianos. Pero para nosotros, los humanos allí recluidos, era casi una tabla de salvación. En los cajones metálicos y un tanto desportillados del viejo archivador encontrábamos viejas fotos y retazos de vida de nuestros predecesores. Allí también podíamos toparnos con canciones conocidas o desconocidas. Especialmente conmovedora era la carpetilla atestada de encendidas cartas de amor. Casi rebosaban un cajón entero. Resulta irónico que de todas las inquietudes humanas sea el amor -y el desamor- la que mayor afán de propagación tenga. Cuando más vulnerables e íntimos nos volvemos, nos desnudamos ante el mundo, y bajamos la guardia. Dejamos nuestra piel en palabras que abandonamos en un papel volátil y frágil como el aliento de un recién nacido. Allí, expuestas a que unos ojos que no son los nuestros nos penetren sin miramientos. Peor aún, puede ocurrir que nuestros propios ojos se topen meses después con aquel amasijo de esperanzas tal vez marchitas para entonces, tal vez pisoteadas. Hablo de tatuarse una herida bajo la coraza antes de comenzar la batalla. Eso son a veces las jodidas palabras.
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Y sin embargo, son tan torpes, tan injustas. En ese instante del que les hablo aún no lo comprendía. Estaba arremolinado ante aquella lumbre de palabras humanas, escritas por infinitas manos, cada una con una letra diferente, en un idioma distinto. Las leía y reordenaba con sumo afecto. ¡Eran tan semejantes aquellas pasiones a las mías! No pude evitar llorar ante la declaración de amor de un soldado desertor que debía huir de su país y dejar atrás todo, que pedía a su enamorada que lo acompañara allá donde fuera, a aquella patria maldita llamada Exilio. Justo entonces se me acercó uno de mis cuidadores.
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-¿Por qué lloras, humano? -me dijo con la más simple de las curiosidades.
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-Lloro por esta carta -repuse doblando con sumo cuidado el tacto erizado de aquella epístola, sin respuesta a la vista en el archivador. El trafalmadoriano me la arrebató de las manos antes de que la pudiera colocar de nuevo en su sitio y la examinó con asepsia quirúrgica.
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-¿Es tuya? -me preguntó al poco. Se había cansado de leer a la segunda línea.
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-No -contesté pujando por recuperar aquella carta que sentía ahora violada en las manos de aquel ser concebido a millones de años-luz de aquel amor y aquella desesperación humana y juvenil.
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-Conoces al autor, entonces. Es amigo tuyo.
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Le dije que tampoco conocía al autor y entonces el trafalmadoriano torció el gesto con cierto desprecio. Una vez más los limitados seres humanos, debió de pensar. Sin embargo, a los pocos segundos pareció cambiar el gesto, se tornó más comprensivo y pude casi detectar si no conmiseración sí cierta lástima por mí. Se sentó junto a mí y me dijo aquello con esa voz electrónica con la que se dirigía a mí para que pudiera comprenderle con mis órganos auditivos humanos.
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-El lenguaje humano es hermoso, porque conseguís emocionaros los unos a los otros sin necesidad de viviros los unos en los otros. Eso es muy útil, al menos si te gusta vivir lo que no vives realmente. La "ficción" y todas esas hermosas mentiras -pude ver a la envidia mezclándose con el desprecio cuando mi cuidador dijo la palabra "ficción"-, son hermosas. Pero son torpes, son muy injustas.
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-¿Qué quieres decir? -repuse aún conmocionado por el hecho de que un trafalmadoriano se detuviera a conversar de tú a tú conmigo.
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-¿Cuántas veces te has enamorado? -me preguntó a bocajarro, después de un instante de reflexión. Entretenía mientras tanto sus viscosos dedos en juguetear con uno de los tiradores a medio atornillar del oxidado archivador.
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-Dos -repuse, mientras veía caer uno de los tornillos a nuestros pies.
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-¿Cuantas veces has tenido miedo en tu vida?
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-Muchas, demasiadas.
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-¿Cuantas has deseado destruirte, o destruirlo todo?
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-Alguna vez.
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Entonces el trafalmadoriano arqueó sus párpados membranosos en un gesto que quería mostrar lo evidente del caso, como diciéndome "Ahí lo tienes". Durante un espacio de tiempo no seguimos hablando, pero el cuidador no se marchó. La conversación no había terminado, solo se me estaba concediendo un descanso. Estaba aún bastante sorprendido de que un cuidador se tomara tanto tiempo y molestias con un simple humano.
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-Lo que quiero decir es que a ambas personas le dijiste "te quiero", y sin embargo no se puede comparar el amor que sentiste por una al que sentiste por otra. ¿A que no me equivoco? También dijiste "socorro" o "tengo miedo" cada vez que lo necesitaste, ya estuvieras desesperado por un ridículo trabajo fallido o encañonado por el revolver de un criminal. Dijiste "a la mierda con todo" cuando tu equipo perdió aquella final de copa, y lo dijiste cuando murió tu mejor amigo en un accidente de tráfico, y cuando supiste de una guerra genocida en algún país extranjero también lo dijiste -en ese punto el trafalmadoriano tomó aire, o mejor dicho dejó que yo lo tomara antes de asestar el golpe final-. ¿Acaso te parece eso justo?
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Era tan fácil decir eso para él. Los trafalmadorianos tienen un lenguaje telepático enriquecido con códigos externos como la pigmentación de sus glándulas postcraneales y las vibraciones de su "voz". Un conjunto denotativo pero sobre todo connotativo infinitamente más matizado que el lenguaje humano. Una gama de significantes y significados que convierten cada sintagma en único y preciso para cada instante, para cada intención. Cada declaración, cada "te quiero" no había sido repetido antes. Yo podía contestar al cuidador que los seres humanos podíamos repetir las palabras, pero jamás el mensaje. Que cada "te quiero" y cada "te odio" era único. Lo creía y lo creo. Y sin embargo, allí estaba, ante mí, aquel archivador de amasijos, aquel montón de letras errantes e idiotas, todas semejantes aunque procedieran de distintas manos.
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-Gracias a esa injusticia hacéis hermosas canciones. Gracias a esa torpeza nunca mentís cuando decís "te quiero", aunque lo hayáis dicho ya antes a otras personas -dijo antes de marcharse.
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En sus últimas palabras había consuelo. Quizás también algo de envidia. O mucha envidia. Le comprendo. Yo que decidí un día ganarme la vida con las palabras, a veces envidio a los matemáticos. Aunque ellos también nos envidien a nosotros.

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