sábado, 16 de abril de 2011

Págate la suerte

Un día la vida viene directamente a por ti, te toma la mano como una gitana zalamera y ladina, y te acribilla con hermosas promesas que te hacen temblar de miedo o de impaciencia. Es muy difícil ser feliz, a pesar de lo que digan por ahí. Es difícil, sobre todo cuando te asomas a las ventanas en la madrugada y contemplas el paso del camión de la basura, inexorable y puntual cada noche. Les vengo a decir, con tristes palabras, que soy muy feliz.
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Hay viajes largos como el cauce del Nilo, viajes inverosímiles como un río remontando el desierto, desafiando la cartografía más minuciosa, estirándose hacia las mismas fuentes del cielo para desmentir a los últimos exploradores. Largos viajes que nos marcan para siempre. Otros viajes son tan especiales, tan únicos y precisos, que con medio minuto les basta para emocionarnos, para ser recordados toda la vida. Por 2,60 euros la empresa TUSSAM (Transportes Urbanos de Sevilla S.A.M.) nos proporcionó a ella y a mí un viaje único en tranvía por la Avenida de la Constitución, de Puerta Jerez hasta la Catedral. Hablamos por tanto de un trayecto de unos cien metros de distancia, de unos 35 segundos de viaje, de doblar una esquina de la primavera apenas. Nos bajamos del tranvía riéndonos de nuestra ignorancia y nuestra torpeza. Aquella risa nos azotaba la cara como una brisa cálida de Abril, y nos enrojecía los ojos de vida y de alergia primaveral.
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A pesar de la brevedad de aquel trayecto, pude escuchar por megafonía con profética rotundidad aquello de "Ha llegado a su destino". Me sonreí con delicia, deseando que aquella voz metálica y abstracta estuviera en lo cierto.
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Al día siguiente un par de gitanas nos asaltaron a los pies de la Giralda, entre las ruedas brillantes y barnizadas de las calesas. Aquellas ruedas me recordaron, impertinentes, la maldita imagen de la Fortuna como una rueda tan constante como cruel. Las gitanas nos ofrecieron con la misma tranquilidad un ramito de romero y una hermosa vida juntos. Me pregunté dónde había que firmar, dónde se sacaba el ticket para aquel destino. Una transeúnte me advirtió: "No te fíes de ellas, es un timo". Cuando acabaron su retahíla nos pidieron sus indefinidos honorarios. "Págate la suerte", me dijo la gitana con toda la tranquilidad del mundo, como quien reproduce un sintagma cien veces repetido a lo largo de una jornada. Yo le devolví la rama de romero y me disculpe: "No, gracias". Yo también le había respondido mecánicamente, como quien hace lo que debe hacer cualquier turista prudentemente desconfiado.
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Camino de regreso a la estación de Plaza de Armas estuve pensando en aquello de pagarse la suerte, de comprarse un destino feliz como quien compra un ticket de metro. Entonces me di cuenta de que estaba venciendo un poco mis viejas supersticiones. Hacía un año que el número 13 era mi número de la suerte (fila trece, butaca trece). Desde entonces no me ha ido nada mal. De vez en cuando, el trece me guiña el ojo no como a su esclavo, sino como a un astuto cómplice. En el andén de la estación, mientras esperábamos un bus procedente de Algeciras con destino a La Coruña, un hombre atravesó las dársenas con un racimo de cupones de la ONCE. Mis ojos se clavaron en la terminación del boleto: 13. En mi cabeza una voz rota de gitana vieja me dijo: "Págate la suerte". Yo me sonreí y apreté la mano de mi amante con todo el amor que puede anidar en un simple mortal mientras veía marcharse a aquel vendedor de suerte. Lo dejé marchar tranquilo, había entendido el significado de aquel 13 que me guiñaba el ojo con complicidad: "A ti ya te ha tocado el premio gordo, chico. Disfrútalo".
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Nunca me ha tocado nada en los premios de azar. Pero no creo que esa sensación supere a la placidez y plenitud que sentí en ese momento. A los pocos minutos llegó nuestro bus. Tomamos sonrientes y abrazados nuestras maletas y subimos juntos a nuestro destino.

Sevilla, abril de 2011

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