domingo, 3 de abril de 2011

El mendigo y lo exacto

Los mendigos más hábiles suelen situarse a los pies del apuntado portón de una iglesia frecuentada por ancianos ricos, cargados de tantos años como de pecados por redimir. Conocedores de su mucho dinero y su mala conciencia escasamente aliviada con homilías incongruentes con sus preocupaciones patibularias más íntimas, extienden los buenos mendigos sus manos premeditadamente sucias con la dignidad de una súplica sorda y firme. Los mendigos más prósperos, además, justifican su muda prédica de reproches afilados con lemas variados o con malformaciones ostentosas en su aspecto inmediato. Él, sin embargo, no cumplía con los cánones más exitosos de la mendicidad.
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Desde el primer día en que me lo crucé, llamó irremediablemente mi atención. Sentado con desenvoltura y casi diría que total comodidad sobre el adoquinado del paseo, leía con serena atención un libro de Sábato. No me dio tiempo a cazar el título en mi fugaz paso, aunque por lo grueso del volumen deberíamos descartar El túnel y pivotar entre el Abaddón y Sobre héroes y tumbas. Ningún ademán de tristeza o miseria brotaba de aquel sencillo lector de Sábato, ningún conato de agradecer las pocas monedas que pudieran salpicar aquella mañana su arrugado jersey -ni tan siquiera en eso cumplía las convenciones mendicantes, no esperen un roído sombrero de ala estrecha.
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Al día siguiente, camino del trabajo, me lo volví a encontrar en el mismo lugar, recostado en un entrante de la fachada de la biblioteca estatal. Pude planificar mi cruce con él con bastante antelación. Esta vez no se me escapó el título. Sostenía con cierto descuido un ejemplar del Ocnos de Cernuda. Me dio tiempo además a fijarme en su rostro -que era hermoso a pesar de una pequeña mueca sobre su ceja izquierda que hacía ambigua e incluso inquietante su mirada- y en la cantidad recaudada -apenas unas monedas.
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Durante un mes, pasar ante aquel extraño mendigo que tan poco recaudaba y tanto leía, dejó de ser una novedad conmovedora o intrigante para mí. No dejé, sin embargo, de registrar día a día los títulos que leía el buen señor. Cada día era uno diferente, en ocasiones varios en el mismo día, a juzgar por el montoncito de libros que apilaba a un lado de su pequeño espacio personal. Un lunes de tedio y rutina quise premiarme con alguna novedad en mi maquinal camino a la facultad. No pude contener más mi soterrada y acuciante curiosidad y le pregunté qué demonios hacía, cómo podía ser un mendigo tan sumamente inepto y despreocupado.
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-Hola, ¿a qué te dedicas? -le dije, tal vez con cierta brusquedad, repentinamente malhumorado con la desidia profesional del mendigo. El joven mendicante -ahora que me miraba cara a cara pude ver que no me superaba apenas en más de un par de años de edad- me sonrío con cálida paciencia.
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-Pues aunque no te lo creas, estoy trabajando. Aquí, para la gente de la biblioteca.
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-¿Eres funcionario? -contesté con ironía algo malintencionada.
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-No, para esa gente de la biblioteca no. Me refería a los otros, a los lectores -hizo una pausa que me resultó premeditada, teatral-. Soy un lector.
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Finalmente, tras darse algo de misterio que en realidad era innecesario -ya me había tenido intrigado todo un mes-, me contó que leía los libros que otros sacaban de la biblioteca y luego se los resumía en unos "cinco minutillos", según sus propias palabras.
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-La gente ya no tiene tiempo para leer, sobre todo ciertos tipejos que quieren ostentar, o más bien detentar, una culturilla acorde con sus BMW y Mercedes. Así que ellos cogen los libros que sus amigos dicen haber leído, o me los compran en algunos casos, y me los dan a mí para que los lea por ellos. Les doy las claves para sostener una conversación mediana sobre el libro y listo.
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-Curioso -dije, sin saber qué más decir.
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-Me pagan bien, y además por leer. Es perfecto -añadió él, tal vez con la intención de poner punto y final a la conversación. Ese día tenía trabajo, a juzgar por la pila de libros que escondía tras su costado derecho.
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-¿Y por qué este lugar, así, como si fueras un mendigo?
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-Soy un mendigo -repuso con total certeza-, todos lo somos.
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-Pero no vives de la calderilla que ahora pudiera arrojarte, sino de lo que te dan esos "tipejos", como tú los llamas.
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-Cierto, pero me engaño a mí mismo. Me digo a mí mismo que no vivo de esos peces gordos que me pagan bien, que hacen posible que pague mi alquiler y haya electricidad en mi modesto apartamento. Hago como si estos rácanos eurillos fueran los que me dieran de comer. La injustificada y feliz generosidad del prójimo. ¿Lo entiendes? Eso es lo que os pido.
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Dicho esto, cerró su mirada sobre las líneas de Os Lusíadas, que en ese momento leía. Era la señal de que la conversación había terminado. En esas últimas palabras me lo había explicado todo, y me había hecho reflexionar. Estuve varias noches pensando en él, y en aquello de que todos éramos mendigos, aunque nos engañáramos de un modo u otro. Decidí devolverle con buen pago su enseñanza.
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Fue la silueta del cartero sobre las ventanas de mi portal lo que me dio la clave. Salía en dirección a clase, pero recogí las cartas de mi buzón -facturas varias, catálogos de grandes superficies- y regresé a mi apartamento. Allí rebusqué en mis viejas carpetas y tomé uno de mis antiguos relatos manuscritos. Volví a echarme a la calle con prisa -llegaba tarde a la primera clase del día y era la más importante de la jornada- y tomé el camino de todos los días. Al pasar ante el lector a sueldo con vocación de mendigo, dejé caer mi relato sobre su camisa -alternaba camisas y jerséis, según las condiciones atmosféricas o según motivaciones desconocidas para mí. Allí quedó, abandonado junto a unas pocas monedas de céntimos.
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A la mañana siguiente hice lo mismo. Durante unas semanas le fui dejando todos los relatos o poemas que encontré, mis inéditas obras completas. Cuando agoté mi repertorio empecé a escribir para él textos nuevos. Ya no podía fallarle ni un solo día, me sentía obligado a dejarle algo. Lo más curioso es que nunca le preguntaba por su opinión, o si tan siquiera estaba leyendo mis textos. Un día rompió él aquel silencio y cerró por fin el círculo de esta historia.
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-Exacto -me dijo a bocajarro-. Eso es exactamente lo que quería decir.
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Tardé tiempo en decidir a qué se estaba refiriendo, si a mi actitud o a mis textos. Ahora por fin lo entiendo, exactamente.

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