domingo, 13 de marzo de 2011

Vigilantes de espejos

¿Se imaginan que algún dictador lunático (si es que acaso existe alguno que no lo sea) le encargara a su mejor agente secreto que vigilara 24 horas un enorme espejo? Así me sentí yo el día en que fui llamado por dos trafalmadorianos aparte durante una inspección rutinaria a nuestra cabina de exhibición.
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-Queremos que vigile a sus compañeros humanos. Tenemos una gran confianza en usted.
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Así hablaron. Al parecer me había ganado las simpatías de mis captores sin pretenderlo. No me dieron, sin embargo, más de dos minutos de reflexión para contestar. En realidad, no necesitaba ni dos segundos, dado que solo existía una respuesta. Me explico: aquella proposición no solo era una oferta de empleo, era además una revelación irreversible. Desde ese instante sabía que alguien nos vigilaba desde dentro, dado que dicho puesto se me ofrecía ahora a mí. En el caso de que hubiera rechazado la oferta, la muerte era mi segunda opción de compra.
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-Haré lo que me digan -repuse con el más básico instinto de supervivencia.
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De esa manera fue como sin pretenderlo me convertí en carcelero y convicto a un tiempo. Ingresé en un engranaje endiablado en el que en ocasiones me sentí tentado a confesar no solo las pequeñas miserias de mis compañeros de cautiverio, sino también las propias, en un afán irracional de minuciosidad y sumisión (otros hablarían de "celo profesional"). Mi nuevo puesto en el zoológico me ofrecía nuevas ventajas, como privilegios clandestinos en el reparto de provisiones, estupefacientes y alcohol. Los trafalmadorianos dan gran importancia a las drogas a la hora de mantenernos contentos, tal vez apoyados en las tesis de uno de sus más prestigiosos astrobiólogos. No obstante, la desolación que sentía cada noche (si por noche entendemos aquella recreación absurda de la noche terrícola en nuestra cabina) devastaba mi alma, vaciándola como si una de esas cucharas de heladero escarbara mi pecho.
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No me andaré por las ramas. Estuve varios meses trabajando como chivato en el zoológico, y logré la confianza de mis cuidadores a cambio de la vida y la dignidad de algún que otro compañero. Tal vez eso fue lo que me espoleó definitivamente a desertar de Trafalmadore y huir en la única oportunidad que tuve.

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