domingo, 20 de marzo de 2011

También la lluvia

"¿Te das cuenta de que tras esta pared hay una fachada con más de cinco siglos?". Ella asintió en la oscuridad, en aquella oscuridad donde ambos podían verlo todo. Fuera, la ciudad seguía con su caminar distraído por las aceras de la parte vieja, buscando el último bar abierto. Sobre los sillares de aquel palacio vetusto las estrellas lamían sus heridas milenarias. El mundo era tan antiguo que no faltaba quien hablase de un apocalipsis inminente, tan cercano que quizás ya lo estuvieran viviendo sin haberse dado cuenta nadie. "Cuesta creerlo", añadió él. Costaba creerlo porque el mundo en realidad estaba recién creado, aunque solo ellos lo advirtieran.
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De pronto, como si una mala brisa hubiera penetrado por la ventana, ella se enroscó entre las sábanas empapadas de noche. Maldijo el mundo por no reducirse a aquellas cuatro paredes, a aquellas cuatro horas de sueño que restaban para que el despertador tronara con su atajo de mentiras. "¿Como explicarte que el mundo ciertamente se reduce a estas cuatro paredes, a estas cuatro horas de sueño?", repuso él, casi sin aliento -el mismo miedo le atenazaba las entrañas, a qué negarlo. "Fuera se desencadenan guerras y desastres, y a la mañana acudirás al kiosko a comprar el periódico, abandonarás estas sábanas con mis labios bajo el brazo, la ilusión recogida en un discreto moño. Pero aquí se derrama hoy el mundo, y trazo en un costado el nacimiento de una galaxia en espiral. Tenemos el cósmico deber de parar este desastre, de desmentir el último apocalipsis. Aquí tenemos provisiones, fotogramas diluidos en papel de fumar, libros de José Hierro, un millar de chistes malos y la lluvia cobijándose en los cajones". Ella se sonrió levemente, tenía los ojos humedecidos por las lágrimas de viejas heridas y eternos temores. "Me prometiste una vez el mar, como hacen todos. Pero, ¿estás dispuesto acaso a prometerme también la lluvia?". Entonces él comprendió lo que es amar de veras cuando se escuchó decir: "Sí, también la lluvia".
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