viernes, 25 de marzo de 2011

Huésped de las nieblas

La ciudad duerme, porque tú aún duermes. Teme despertarte y desencadenar la vida. Aún es de noche porque el cielo aguarda tu primera sonrisa de la mañana para iluminarse. Camino por las calles desiertas de Cáceres, huésped de las nieblas que extrañan tu aliento cálido sobre mi cuello. La ciudad huele a dulce tristeza humeante, a churrería huérfana de oficinistas, y a papel de periódico todavía caliente en los mostradores de los kioscos. Echo un vistazo a los titulares al pasar y me sorprendo de que no hablen del milagro de tus ojos cerrados, del misterio cobijado en la comisura de tus labios. Camino a la estación con una maleta casi vacía entre las manos, con el equipaje justo para pasar el día. La ciudad está inverosímilmente silenciosa, y se permite el lujo de susurrarme tu nombre en cada esquina, con una intimidad desconocida a otras horas del día. Habito la niebla de la mañana como apenas unos minutos antes habitaba tu aliento. La ciudad es por un instante solo mía, como apenas unos minutos antes el planeta entero me pertenecía.
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Soy un transeúnte, lo sé. Un huésped de este mundo apenas. No me importa desvanecerme cuando levante el día. Con habitarte por un instante, con trazar mi nombre sobre el lomo terso de la niebla, me doy por inmortal.

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