lunes, 28 de marzo de 2011

Geografía incierta de Trafalmadore

En ocasiones uno conoce mucho mejor la geografía mítica de nuestras ficciones favoritas que nuestra propia ciudad. Lectores habrá que puedan guiarle a uno desde el cementerio hacia la casa de los Buendía de Macondo mejor que a la estación de trenes de su propia ciudad. Gentes habrá que no se pierdan por Comala, o bajen al puerto de Marineda a comprar pescado fresco con mayor desenvoltura que en su propio barrio. Porque hay gente que no habita sus lugares, como hay lugares que no logran habitarnos.
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Viajero esporádico, siempre gusté de los mapas llenos de cruces -marcando los lugares en los que estuve- que atesoro en mi desván. Como un amante ávido que recorre palmo a palmo la piel de su mitad, así miro con avaricia los lugares aún inmaculados de mis mapas. Por eso cada vez que viajo recorro con obsesión cada rincón escondido, cada calleja serpenteante de incierto rumbo. Sin embargo, aunque quisiera poder ofrecerles una geografía veraz y entusiasmada de Trafalmadore, nada de relieve podría decirles.
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Geógrafos de nuestra ignorancia, los astrofísicos se afanan por colorear la oscuridad del cielo, como aquellas películas que maquillan su epidermis de blanco y negro con colores planos. Así serían también mis palabras. Desconozco por completo la orografía de Trafalamadore, y voces más autorizadas -reverenciado Vonnegut- callaron ciertos detalles para los que quizás aún no estemos preparados. Mis ojos no contemplaron los abismos de Eltilmore, y mis pies humanos no hollaron las azules arenas de la llanura de Fitzurl. De las cinco lunas de Trafalmadore supe por las palabras de mis carceleros, del pavor de sus bestias a las inclemencias de sus tres inviernos anuales por la agitación del aire en ciertas noches de atmósfera enrarecida.
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Verán, mi testimonio es el mismo que el de cualquier turista estúpido que sigue obediente las líneas de puntos de los callejeros proporcionados por las oficinas de turismo. Nada real, nada de veras. La desafortunada recreación de un hogar humano, letrinas embarradas, un jardín artificial y sórdido: mi "cabina de exhibición" y mis "cubículos de habitación", ése fue mi horizonte durante los tres años terrestres que viví en Trafalmadore.
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Porque, aunque huí de ese planeta, a pesar de que fue quizás el viaje más aventurado y radical de mi vida, y es Trafalmadore el lugar que definió mi vida entera, yo nunca estuve allí.

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