miércoles, 9 de marzo de 2011

Escalones

En la Plaza de San Jorge hay tantos escalones como días hay en un calendario. No estoy hablando de la perversa aritmética de una pirámide maya, ni de las cábalas de un arquitecto lunático. En el caso de San Jorge las coincidencias son pura casualidad, tal vez producto de mi traicionera imaginación. Los escalones de San Jorge, de su plaza y de su iglesia, de su aljibe y de su torre, no guardan simetría alguna, no delinean el paralelo de las constelaciones. Algunos son retorcidos y minúsculos como los de una escalera de caracol que apenas pudiéramos subir de puntillas. Otros son enormes como un horizonte y te puedes sentar en ellos para contemplar cómo cae la lluvia sobre los tejados del casco viejo. Yo los he recorrido todos, desde el aljibe al campanario.
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Muchas noches contemplé las largas torres blancas de San Jorge, estirándose como pálidos dedos que anhelaran un cielo en eterna fuga, en agónica despedida. Muchas noches me imaginé en lo alto, coronando aquella construcción de esperanza y deseo. Lo imaginé como quien imagina un imposible. Nadie pierde el tiempo en imaginarse lo posible, por otra parte.
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Hoy he subido al fin aquella torre. Necesitaba tu mano. Tu mano acompañándome del aljibe a la lluvia, ascendiendo los irregulares escalones de San Jorge. Atravesando salas familiares, repentinamente ignotas. No me refiero a Beatrice, porque tú no me esperaste en el campanario mientras Virgilio hacía el trabajo sucio. Tú descendiste conmigo a las humedades del aljibe, al aliento gélido del subsuelo. Iluminaste los escalones más oscuros con el destello de tu sonrisa o con la luz de tu teléfono móvil, marcando el camino hacia mis anhelos, pisando el cielo junto a mí, allá en lo más alto, estrechándome con tu perfume de nube y tus ojos de lluvia.

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