miércoles, 23 de marzo de 2011

Eres culpable

Recuerdo uno de los días más duros de mi estancia en Trafalmadore. No fui sometido a torturas físicas aquel día, ni a la soez humillación de algún "espectáculo" puntual del zoológico. Fue el día en que me mostraron todos mis crímenes, mis horribles crímenes.
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Me encontraba limpiando las letrinas interiores de mi cabina de exhibición, aquellas mugrientas letrinas que los trafalmadorianos consideran propias del género humano, tal vez por sus observaciones aleatorias en la tierra de urinarios y demás tipos de sanitarios. He de decir que las letrinas interiores no estaban destinadas para el público, al menos no para el gran público. No era del todo infrecuente encontrarse en la violenta necesidad de expulsar los más diversos fluidos corporales ante un inquisitivo coro de ojos viscosos y espectrales que tomaban ávidas notas del más ínfimo pormenor. Estaba yo pues repasando mi letrina personal -mis compañeros y yo nos organizábamos de manera bastante digna después de todo, a despecho de todas las elaboradas teorías de los sesudos astrobiólogos trafalamadorianos- cuando la sombra de uno de mis cuidadores, aquella sombra extraterrena, fina e hiriente como la de una tersa lanza, cubrió el minúsculo cubículo a duras penas. Entonces me giré para mirarle, pero fue demasiado tarde para evitar el puntapié con el que me noqueó por un instante. Apretó mi cráneo con sus tentáculos y sumergió mi rostro en las aguas fecales.
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-A ver si lo asumes de una vez: eres escoria -me dijo con sus lenguas silbantes y húmedas.
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De pronto sentí unas náuseas indescriptibles, muy diferentes a las que había sentido hasta entonces. No entendí aquel ataque fortuito. Los trafalmadorianos nunca suelen ser violentos, sin excepción. No emplean la violencia, nunca la necesitan. Tienen la extraña habilidad de anularte, te lanzan un confuso mensaje de impotencia. Con sus raquíticos cuerpecitos son capaces de reducirte sin mover un músculo. Tienen la posibilidad de decirte: "déjalo, no lo intentes", sin necesidad siquiera de un sencillo arqueo de cejas. Sin embargo, aquel cuidador al que yo ya conocía desde hacía un tiempo sin que destacara un ápice del resto, me arrojó a la inmundicia, a mi propia inmundicia, con una ira y un desprecio solo posible en los seres humanos.
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-¿Qué ocurre? -le pregunté con un hilo de voz, con mis labios llenos de heces-, ¿por qué me tratas así?
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-No te das cuenta de que eres el ser más despreciable de la existencia. Eso es lo peor de todo, ése el peor de tus crímenes. Y la lista es bastante larga.
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Me quedé atónito, acuclillado sin comprender aquella acusación tan frontal y desconcertante. Me erguí con toda la dignidad de la que fui capaz. Desde pequeño me habían hervido las entrañas cada vez que me acusaban sin motivo de las trastadas de mi primo pequeño. Nunca soporté que los justos pagaran por los pecadores.
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-¿Y qué es lo que he hecho yo? Soy un simple vendedor de historias en mi planeta, me gano la vida con crónicas edulcoradas de mi ciudad en un periódico de tercera y coleccionar postales es mi peor vicio.
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-¿Acaso no recuerdas ya el rostro de aquella muchacha de catorce años a la que violaste? ¿Te has olvidado de la casa en la que aniquilaste a una familia de civiles por error? ¿Tienes la indecencia de negarme el espanto de las cárceles en las que trabajaste como torturador?
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Mi rostro no comprendía nada, estremecido por aquellos puntapiés más dolorosos que ningún otro. Podía notar en su voz una sinceridad total. No me estaba insultando, no me estaba maltratando ni "amaestrando". Creía de veras que aquellas cosas atroces las había hecho yo.
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-Yo no he hecho esas cosas -contesté inútilmente. La batalla estaba perdida. Mi inocencia escondida en algún cajón de mi casa en la Tierra.
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Entonces se limitó a recoger algunos enseres de limpieza gastados y se marchó lentamente. Desde la oscura letrina contemplé cómo se alejaba su silueta sinuosa, tan idéntica y exacta a la del resto de su especie. Fue en ese instante cuando comprendí todos mis crímenes.

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