martes, 15 de marzo de 2011

En la escala de Richter

En ese justo instante los edificios comenzaron a temblar de pánico. Los oficinistas se cobijaron bajo sus estúpidos informes y los vendedores de periódicos se cubrieron con sus débiles mentiras bajo los árboles del parque más cercano. El planeta se había cabreado y la cosa iba muy en serio. Ni siquiera los mendigos de Tokio, que tan acostumbrados están a los seísmos de sus aceras borrosas, mantuvieron la calma.
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En el otro extremo del globo, en ese justo instante, dos jóvenes duermen abrazados, haciendo que de una cama individual sobre espacio para algún que otro peluche. Ella duerme con la piel aún erizada por la última caricia, con su sonrisa desnuda y desarropada iluminando la estancia. Él la estrecha a cada rato y deposita un breve beso sobre su hombro entre desvelo y desvelo.
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En ese justo instante ambas cosas suceden con la misma veracidad y rotundidad. En Japón se desata un terremoto de 8.9 en la escala de Richter, provocando además un devastador tsunami que barre poblaciones enteras de la costa del Pacífico. El eje terrestre es desplazado varios centímetros. La central nuclear de Fukushima dispara las alarmas de un desastre tóxico, aunque el gobierno establece una situación de 3 sobre una escala de 7. En cuanto al número de muertos y desaparecidos las cifras son pura especulación, pura mentira: más de 1.000 muertos, más de 10.000 desaparecidos. En los supermercados las existencias de agua y leche se agotan y largas colas colapsan las cajas registradoras.
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En cuanto a ellos... ellos duermen y sueñan, ignorando el desastre. Dan sentido al mundo sin saberlo, sin pretenderlo. Tal vez su abrazo haya sido suficiente para lograr que el eje terrestre no se desviara más de unos pocos milímetros. En esa pequeña cama también se derrama el mundo. En el mismo instante. Es igual de cierto. No me pidan, sin embargo, ningún grado preciso en la escala de Richter.

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