miércoles, 16 de febrero de 2011

Últimas noticias de Trafalmadore

La última vez que me crucé con un trafalmadoriano fue hace escasos días. Yo dormitaba de pie en una estación de metro, observando a los desesperados mendigos con sus uniformes de trabajo y sus caras cansadas, apretándose contra las puertas de los trenes, estirándose como tersos cuellos al cobijo de su guillotina, mirando sus relojes despiadados con ojos de súplica. Cuando llegó mi línea subí al tren como hacía todos los días, o casi, porque no fue como todos los días. En esa ocasión me escapé antes de tiempo del curro, como suelo hacer cuando un ataque de frustración se mezcla con mi crónica apatía de autómata en nómina.
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Dirán que suena a lo de siempre si les digo que antes de sentarme en la última fila de mi vagón presentí que aquel trayecto no sería como los demás, que volvía a estar súbitamente en peligro. Que me habían encontrado de nuevo. Pero es cierto, en ese instante lo supe y aun así no hice ningún esfuerzo por bajarme en la siguiente estación. Hay algo en el transporte público que nos idiotiza, como cápsulas de distribución en las que fuéramos injertados para ser expulsados donde el organismo más lo necesitara. Tres paradas más allá se subió un hombre enorme, muy corpulento. Nada que ver con los raquíticos trafalmadorianos. Llevaba el rostro como velado por una sombra inexplicable. En un primer momento se situó en el centro del vagón, aferrado a una de las barras de metal que atravesaba el vagón, dominándolo todo con su rotunda corpulencia. A los pocos segundos, cambió de idea y se acercó a mí, sentándose dos asientos más allá. En ese momento no tuve la menor duda: era un trafalmadoriano.
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Por un momento tuve la vana esperanza de que no me reconociera. No era tan descabellado, quizás estuviera buscando una nueva pieza de caza para su macabra colección. Pero la ilusión duró poco.
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-El metro me sugiere distancias, galaxias remotas en contacto-dijo mirando hacia el frente, como si hablara con todo el vagón pero mirando frente a frente a un único par de ojos que no estuvieran presentes en ese instante.
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Ya no tuve ninguna duda. Venía a por mí. Sentí cómo me quedaba paralizado por el miedo, pegado al asiento de plástico moteado por viejas pintadas y fugaces roces de gente anónima e informe.
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-He venido de muy lejos para encontrarte -continuó.
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El mensaje había sido lanzado. Sabían donde estaba. Mi huída era una fantasía en la que solo creía yo. Tal vez ni eso. En cualquier momento podía despertar de nuevo en mi vieja jaula, listo para divertir al público del zoológico con mi incomprensible existencia. El enorme hombre continuó con frases inconexas, amenazando con volar el tren, con matar al presidente de la nación, con resucitar al Cid Campeador, con toda una serie de excentricidades que solo servían para distraer la atención del resto de pasajeros. Pero solo yo sabía quien era aquel hombre que no era un hombre, sino un remoto trafalmadoriano. Barajé entonces varias posibilidades de huida, pero casi con resignación suicida, sabiendo a ciencia cierta que estaba atrapado. Justo en el instante en que nos acercábamos a mi parada el trafalmdoriano se levantó de su asiento.
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-El metro, ¿qué es sino un trayecto juntos? Un trayecto, de corazón a corazón.
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Y se bajó del tren al son de la megafonía del servicio de trenes metropolitanos de la ciudad: "Plaza de España - correspondencia con - Huertas". Me quedé mudo de estupor. Me había dejado marchar, incomprensiblemente. Las puertas se cerraron y yo seguía pegado al asiento. No me bajé del tren sino cuatro paradas más allá.

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