martes, 22 de febrero de 2011

La otra parte de esta historia

En toda buena historia hay un "él" y un "ella". Esto es así siempre, invariablemente. Tal vez por eso don Quijote no dudó un instante en moldearse a su triste medida la figura de Dulcinea. En toda buena historia debe haber un "él" y un "ella". Tal vez por eso mi vida nunca fue digna de contarse hasta que ella apareció un buen día, o por mejor decir, una buena noche.
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Recuerdo que yo me encontraba totalmente perdido. No terminaba de acostumbrarme al transcurso de mi ser de nuevo en la Tierra, algo curioso si se tiene en cuenta que siempre fui terrícola y que mi estancia en Trafalmadore equivalió apenas a tres años terrestres. Me encontraba a la deriva tanto en lo personal como en lo profesional. Llevaba ya varios años tratando de tomarle de nuevo el pulso a la vida de mi planeta, mientras la amenaza constante de los trafalmadorianos no me abandonaba del todo. Gustaba de vagar por las calles de mi juventud marchita, merodear en rincones donde fui otra persona no hace tanto, al menos si nos atenemos, una vez más, al tiempo terrestre convencional y empírico. Aquella noche recorrí como solía acostumbrar las desmadejadas callejas del centro de la ciudad.
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De pronto me alertó el repique de una campana, sacudiendo directamente mis costillas. Miré hacia lo alto y me encontré la esbelta figura de una muchacha frágil y hermosa, absolutamente insólita. El viento sacudía su melena emplumada al son de aquel repique. Recuerdo que, además de su inverosímil belleza, me asombró la extraña postura de su cabeza, como acurrucada sobre la brisa nocturna, como pegando el oído a la panza metálica y gélida de la campana.
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-¿Qué haces allá arriba? -le pregunté casi sin darme cuenta de que por una vez no lo estaba pensando, sino diciéndolo en voz alta, hacia lo alto.
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-Menos mal que apareces -contestó casi como si ya me conociera-, necesito ayuda. Me he enredado el pelo con esta campana y cada vez que suena sufro fuertes tirones. Sube y ayúdame a desenredarme.
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Antes de que me lo hubiera pedido, ya estaba buscando salientes y oquedades en la fachada de aquel palacio viejo para trepar hasta su espadaña y desenredar a aquella muchacha que tropezaba en sus paseos por los tejados con desprevenidas campanas. Sorprendido de mí mismo (siempre tuve pánico a las alturas), trepé con una agilidad insólita hasta lo más alto. Allí trencé de pronto mis manos con sus manos, y ambos liberamos, hábiles, con esa sabiduría que el cerebro ignora y la piel conoce, sus cabellos de la prisión en la que estaban.
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De la misma manera que trina un pájaro enjaulado largo tiempo cuando es liberado al vuelo del amanecer, así tronó encabritada y dichosa aquella campana que traspasó la noche de la ciudad de parte a parte, con la inconsciente felicidad de un alumbramiento. Nosotros, allí sobre el tejado, nos sonreímos ante la simpática escena.
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-Sin tu ayuda no sé cuanto habría tardado en desenredarme.
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-Ahora no sé si soy yo el que se ha enredado -le dije en un arrebato algo peliculero. Y la estreché entre mis brazos, bien fuerte.
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Permanecimos así hasta el amanecer, al pie de aquella campana al fin liberada. De cuando en cuando llegaba a mí el cálido repique de dos campanas transitando aquella noche, cobijadas en el cuerpo de dos jóvenes entrelazados.

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