miércoles, 16 de febrero de 2011

De entrada, diré que no estoy loco

Siempre temí volverme loco algún día, hasta que fui raptado por una nave extraterrestre.
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La mente es el elemento menos fiable de nuestro organismo; baste tan solo pensar que más del 50% de nuestros recuerdos son acontecimientos o sensaciones que jamás sucedieron. Siempre me obsesionó esta idea. Yo que dediqué más de veinte años de mi vida a estudiar las ciencias prescritas por el Estado, siempre temí ser un mero compilador de milenarias falacias, de sempiternas ficciones. Porque esa Historia con mayúsculas que se enseña en las enrejadas aulas de los institutos de secundaria es la mayor ficción de las ficciones. Y la cordura -pensaba yo-, una frágil convención social, una variante estandarizada de la locura.
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Sin embargo, aquellos temores por perder la cordura se disiparon el día en que los trafalmadorianos me raptaron. Desde aquel día tomé conciencia de mí mismo, de mi débil y limitada condición humana. Ustedes no saben de lo que les estoy hablando, no pueden saberlo. Desconocen por completo la magnitud de nuestra ignorancia. No pueden imaginarse, tampoco, de lo que son capaces los trafalmadorianos. Algunos de ustedes tal vez los hayan intuido remotamente, en alguna ocasión, a su lado, en esos momentos en que un escalofrío les recorre la espalda y un halo inexplicable envuelve un suceso racionalmente trivial. Porque los trafalmadorianos están entre nosotros, estudiándonos en nuestro hábitat, seleccionando los mejores especimenes para sus multitudinarios y exitosos zoológicos intergalácticos.
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Yo conseguí escapar de uno de esos zoológicos. Hasta el momento, he sido el único terrícola que lo ha conseguido, al menos que yo sepa. Pero esta es una historia que ya iré contando más adelante. Por ahora, me basta con que sepan que no estoy loco.

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